Categoría: Reflexiones

En mi falsa primavera

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En el cielo de un septiembre opaco se escribió una quimera rosada entre tanto gris y azul manchado. De ella nació un sueño  en el que elfos, ninfas, sirenas y hadas bailaban alrededor de un nimbo vibrando por el porvenir que este traía.

No era la lluvia, ni el granizo, ni los truenos y relámpagos, que esa noche caerían lo idealizado; sino el olor a azahar, lavanda y alisos de mar que vendrían después.

Sin hesitarlo, se trataba de una falsa primavera tras un mar de lágrimas que ansiaba la luz del albor.

Ensimismado en aquel sueño, un sueño en el que morfeo no se hacía participe por no estar de acuerdo con aquel disparate, encontró la ilusión perdida, pues sabía que su amada quimera no era real, pero así la sentía en su fábula mental.

Creció la matinal aurora y el ocaso del crepúsculo con el alba en su fulgor cerrado dando los buenos días a un septiembre opaco.

El nudo de la expresión.

No es fácil expresar con palabras lo que uno siente. Pienso que es la habilidad más difícil. Puedes hacerlo de muchas maneras, pero siempre habrá otra con la que suene mejor. Todo depende de quién escuche y como se transformen las palabras en su interior. Para expresar un sentimiento tienes que cogerlo y hacer que encaje como el mecanismo de un reloj, tan perfecto y minucioso, de color dorado y brillante o viejo y oxidado. Es como escribir un libro. Tienes que atrapar un alma y darle vida entre pretéritos y puntos y seguidos. Tiene que volar libre y surcar las formas que da la tinta sobre el papel. Cobrar un magnetismo místico entre un mundo utópico y el lector. La manera en la que expreses ese sentimiento tiene que ser como el recorrido de los tirabuzones en una linda niña rubia. Mágica.

Al final, probablemente, solo tú que eres el escritor lo entiendas a la perfección. Al final, probablemente, ni tú puedas entenderlo. ¿Quién comprende el periplo del agua entre las arrugas de un anciano señor? El error es perderse en la inmensidad de las posibilidades. Sin más, debe ser exactamente lo que tú quieres exteriorizar, hacer las palabras tuyas. Convertir lo tosco en algo delicado como el baile que practican los dedos sobre el piano. Entender que no se ve con los ojos, que no son ellos los que lloran sino el alma. Que en el desenlace de los cuentos la moraleja siempre fue no perder tiempo dándole demasiadas vueltas al problema, solo darle solución. Saber que la espina de una rosa podía ser la llave de un candado. La espina era el tormento que reveló que algo no estaba bien y al saber de ello te permitió avanzar en la buena dirección. Todo tiene una razón de ser, búscala.