Polvo al polvo

Él sostenía un pedazo de papel en color beige, lo observaba como si estuviera rememorando un recuerdo angustioso, pero que a la vez le embriagaba de ternura. Supuse que sería una gran instantánea.

No sabía si dejarle su espacio para respetar el duelo, no supe si alejarme como si en realidad no hubiera visto nada. No iba a abrazarle, no es algo que salga de mí muy a menudo. Pero tampoco quería dejarle ahí solo, sus manos habían atrapado las mías en varias ocasiones evitando que pudiera limpiar mis lágrimas para así obligarme a dejar de llorar.

A paso lento y dudas apresuradas tomé asiento junto a él sin tocarlo, sin siquiera respirar el mismo aire para no molestarlo, sentándome como si el sillón me quemara. Le dije: abuelo, cuéntame qué pasa. Pero hubo silencio.

Sé de lo que hablo cuando digo que mi abuelo pertenece a varios mundos. Él crea sus propias fantasías de dragones que se enamoran de príncipes, de personas que viven en suspiros, de flores que se alimentan en las teclas del piano. Su mirada se pierde y deja de latir, surca los siete mares en un segundo y vuelve para ignorar tu presencia.

Arruga el papel torpemente pero con rabia, se pone en pie y aún en silencio abandona el salón. Recojo la bola del suelo, la abro y veo en ella una mancha de café. Lo ha hecho.

Ahora le duele todo, los ojos, las yemas de los dedos, los pies, el paso del tiempo y nada es físico. La verdadera paliza viene cuando mira los fuegos artificiales de final de año y el parpadeo del brillo de la pólvora le recuerda a una lágrima desgarrada, cuando toca las sábanas buscando a su pequeña mientras duerme la siesta a su lado y no la encuentra, cuando recorre los campos y no encuentra ánimo para volver a casa porque el polvo es lo más parecido a lo que está buscando.

Lo ha hecho, se ha hecho viejo y se siente egoísta por haber sido el único. Me dijo que no dejara de tocar el saxofón, que serían las sensaciones que provoco lo único que no moriría. Fue entonces cuando le fallé y no quiso volver a hablarme y lo sé porque dejó mi esencia tirada en un rincón oscuro y olvidado. Pero yo quería hacer música y mi voz se quedaba en un pitido, infinito, de los que atraviesan la sien, te dejan inmóvil y te prometen una eternidad entre cuatro paredes.

Me falló él. La música ya no sonaba ni aunque un huracán lo intentara con mi saxofón porque ya no tenía vida, entonces él decidió regalarlo a alguien. “Polvo al polvo”, dijo superando las yagas del tiempo. Y me enterró en el aire, y me soltó en el precipicio, dejó de cuidarme.

La fotografía. Estaba en blanco, lo único que veía era la mancha de café, pero él igual la lloraba. También están en blanco los demás retratos del pasillo y me molesta porque voy olvidando quiénes eran. Necesito verlos para quedarme con un motivo, necesito saber por qué estoy aquí. Pero él sigue despertando observando las mismas imágenes en blanco, llorándolas y entonando una cancioncilla que no puedo oír. Tengo toda una eternidad para guardarle rencor por todo lo que ha hecho, y después el tiempo también terminará para él aunque no se quede encerrado en la misma habitación donde en un rincón abandonaron mi esencia, mi música, mi recuerdo.

Fotografía por @_SrtaMorales

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