Ticket al nirvana

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Existe una historia de cama vetada, de huesos quebrados y de besos paralizados. Se trata de una fugaz historia de una semana. Siete días de colores, luces, jolgorio, risas y asombros; siete días en un circo.

Nicole, una chica de apenas 19 años disfrutaba aquel día en compañía de su hermana y sus sobrinos. Los pequeños llevaban viendo varios días el cartel del circo donde un feroz león y un payaso lucían enfrentados. Tenían una ilusión enorme por ver aquellas fauces hambrientas, en cambio, ella iba más por las acrobacias de los trapecistas, los malabares y las demostraciones de fuerza; por los disfraces de fantasía, por la magia y la picaresca.

De primeras ya vio que la magia se concentraba en otro lugar. No era sobre una fina cuerda, ni en el balancín a varios metros de altura, ni en el aro de fuego, ni siquiera estaba bajo la carpa. La magia estaba en su mirada, en una sola sonrisa de brillo perlado, puramente hipnotizadora.

Merecía ser descrita, ella en sí misma, en su totalidad, ya era un espectáculo. Y no tenía nada de especial, ni siquiera estaba disfrazada. A través del cristal de la taquilla podía ver sus ondas caer sobre sus delicados hombros y su flequillo recogido en finas trenzas hacia los lados; un sutil brillo en los labios, aun así agrietados; una cadenita de oro que decoraba su frágil clavícula y una blanca palidez que vibraba hasta llegar a las pupilas de Nicole.

Se limitaba a sonreír a los pequeños que la admiraban creyendo que era un hada de verdad, a venderles una entrada a la inocencia y a brindar una mirada de empatía a los padres aburridos que los llevaban por insistencia, ciegos de ego y superficialidad. Tanto era así que ni siquiera se fijaron en su hechizo.

¿Pero quién se la había dejado allí olvidada? ¿A qué necio se le había caído un diamante del que había brotado tremenda obra de arte? Igual era una ilusión y solamente la podía ver Nicole, pero no, ya llegó su turno.

– ¿Cuántos vas a querer, cielo? –Preguntó la muchacha tras esperar pacientemente que Nicole saliera del trance.

– Cuatro tickets al nirvana. –Contestó sin ninguna expresión en su cara, quizá todavía decidiendo si era real. La chica sonrió y le ofreció lo pedido.

Saltándose el espectáculo llevada por una fuerza mayor a sí misma, dejó atrás a una joven chica balanceándose y contorsionándose sobre unas telas colganderas sumida en una oscuridad en la que solo ella y su herramienta destacaban. No le importaba eso, ya no le asombraba, ya sabía que el misticismo no podía provenir de ahí, todo estaba en ella.

Salió corriendo hacia donde intuía que se encontraba, quizás reunida con los artistas que esperaban su turno, quizá fuera tomando aire liberándose del pequeño habitáculo cuadrado, no lo sabía, pero estaba dispuesta a resolver el acertijo.

No sabía muy bien qué hacer cuando la viera. Era casi mejor que no se percatara de la existencia de Nicole, seguro que aborrecería las grietas de sus labios secos, las ojeras que ensombrecían sus ojos… y su pelo. ¿Qué le había pasado a su pelo? ¿Pero y su cuerpo esquelético?

Pasó frente a un espejo, ni un solo reflejo en él.

No fue fácil, primero se topó con un mago fibrado y lleno de tatuajes, pero delgado en exceso. Jugaba con un puñado de naipes que iba dejando caer con impulso de una mano a otra con gran maestría. Con miedo de ser vetada Nicole paró ante él y este le mostró el abanico de naipes.

– Escoge una, mi señora. –Dijo con acento ruso y se inclinó en una especie de reverencia sin apartar una mirada tan penetrante como misteriosa.

– No tengo tiempo para esto, debo encontrarla.

– El amor como en la magia, querida niña, se toma su tiempo. –Volvió a abrir el abanico.- Capta la atención del corazón deseado. –Cogió una al azar.- Lo distrae… –El mago movió la carta sin dejarla ver cuál era, pero sin apartarla de su campo de visión.- …y finalmente lo asombra. –Tomó la carta. Un as de corazones, sobre él había algo escrito con un rotulador de purpurina azul celeste: “Linette”. Cuando quiso mirar al mago ya no estaba.

Siguió su camino a paso ligero por un pasillo angosto de suelo arenoso y paredes de lona. Parecía un laberinto sin fin con un montón de fotos antiguas de la gente del circo, a cada cual más extraña. Hasta que al fin llegó a una sala abierta.

Lo que parecían trapecistas con purpurina hasta los ojos, ropa ajustada y con transparencias la abordaron jugando con sabanas de seda delante de sus ojos. Se movían rápido, saltaban de un lado para otro dando volteretas y saltos mortales, la dejaron fascinada hasta marearse. Pero cuando iba a caer al suelo y en un esfuerzo de voluntad salió al exterior de la gran carpa encontrando una pradera amplia donde descansaban caravanas a lo lejos y, algo más cerca, una carretilla con barrotes, parecía para prisioneros.

Pero una sensación de entumecimiento le privó de sus cinco sentidos cuando la vio apoyada en una roca.

– Pobrecita Nicole. Disculpa a mis amigos, les encanta destacar.

– ¿Cómo sabes mi nombre?

– Aquí nace la magia. –Susurró acercándose a su oído y manteniendo sus labios cerca de él por unos segundos, rozó y erizó su piel.- Tú sabes el mío, es lo justo. –Entonces entendió.

– ¿Linette?

Se levantó y la tomó de la mano llevándola a quién sabe dónde. Corría a una velocidad limitada obligando a Nicole a imitarla. La soltó cuando llegaron a un pequeño lago de aguas cristalinas y destellos azules que imaginó que serían por el reflejo de la luna.

No se había fijado hasta entonces, pero en aquel lugar la luna alumbraba más y la piel de Linette era más notoria. Entonces vio lo realmente magnifico, su piel estaba cubierta únicamente por un fino encaje. Y no sabía por qué pero le entraron ganas de llorar, sus ojos se encharcaron irremediablemente.

Cuando se dio cuenta se acercó a Nicole con mirada preocupada, posó sus manos sobre sus mejillas y antes de que Nicole pudiera confesar su terror y confusión ella empezó a hablar.

– No preguntes nada, solo déjate llevar. ¿Crees en las hadas?

– Creo en ti. –Respondió en un susurro y un sollozo.

– Sigue creyendo, mientras lo hagas seguiré teniendo tus cincos sentidos. –Entonces el miedo, la tristeza, la confusión e incluso las mariposas desaparecieron.- Dime, Nicole. ¿Quieres abrir los ojos?

– Sí.

– Vale, te dejaré que lo hagas. Pero recuerda, la magia nace aquí. –Puso sus dedos índice en sus sienes.- Sin ella no existe nada más, sin ella morimos, tú y yo. ¿De acuerdo? –Asintió levemente.- Regresa en la forma que quieras cuando estés preparada, te esperaré en el mismo circo. -El entumecimiento volvió y sintió como sus ojos rotaban hacia atrás.

Pasen y vean. Nicole despertó en su habitación blanca impoluta. Señores y señoras, ella encontró la muñeca de porcelana de la que colgaba una etiqueta con el nombre de “Linette”.  El circo de las miradas que ellas mantuvieron en la ignorancia, el circo de las sonrisas prohibidas que en secreto se confesaron y el circo de la sangre corrompida en el mundo del cáncer.

Pasen y vean, señoras y señores, la vida helada que derretida se escapa entre sus manos. Pasen y vean el circo de las miradas, de las sonrisas prohibidas y la sangre corrompida.

Con mucho gusto les ofrezco un ticket al nirvana, el paraíso personal y donde descanse en paz nuestra querida Nicole.

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