El nudo de la expresión

No es fácil expresar con palabras la ebriedad que chirría en nuestro interior. Podrías coger un sentimiento y hacer que encajara como el mecanismo de un reloj, tan perfecto y minucioso, de color dorado y brillante o viejo y oxidado; podrías exprimirlo haciendo zumo de tus lágrimas; o podrías cantarlo en una afonía.

Sería como escribir un libro. Tienes que atrapar un alma y darle vida entre pretéritos y puntos y seguidos. Tiene que volar libre y surcar las formas que da la tinta sobre el papel. Cobrar un magnetismo místico entre un mundo utópico y el lector. La manera en la que expreses ese sentimiento tiene que ser como el recorrido de los tirabuzones del cabello rubio de esa chica que siempre toma asiento delante tuya en el tren y la cual te arranca un esfuerzo extra para dejar de mirar.

Al final, probablemente, solo tú que eres el escritor lo entiendas a la perfección. Al final, probablemente, ni tú puedas entenderlo. ¿Quién comprende el periplo del agua entre las arrugas de un hombre anciano? Ensimismada, ni yo comprendo mi pérdida en la inmensidad de las posibilidades.

Quiero hacer mías las palabras, convertir lo tosco en algo delicado como el baile que practican los dedos sobre el piano, entender que no se ve con los ojos, que no son ellos los que lloran sino el alma.

Que en el desenlace de los cuentos la moraleja siempre fue no perder tiempo dándole demasiadas vueltas al problema. Saber que la espina de una rosa podía ser la llave de un candado. La espina era el tormento que reveló que algo no estaba bien y al saber de ello te permitió avanzar en la buena dirección.

Que estamos compuestos por sueños y que he estado pensando en esos momentos que han marcado mi vida. Que mirando atrás caigo en la cuenta de que quizás añore algo o a alguien. Que si algún día tuviera nietos no me gustaría contarles cómo no trabajé en eso que tanto me gustaba, cómo perdí una gran amistad por un desliz o cómo dejé escapar el amor de mi vida.

Quiero saber que de las cenizas puede nacer un suspiro que llegue a mis oídos en forma de alivio. Alivio que erice la piel al tacto y que prive el reprimir de una mordida en los labios. Que quiero saber cómo decirlo y dejar doler los huesos sobre la cama, descansando del deseo de saltar al precipicio, descansando de hablar al derecho pero del revés, descansando de mi derecho a soñar.

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