¿Crearías un 32 de agosto por mí?

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Puede que al otro lado de la pared haya alguien dejado caer sobre el inodoro. El polvo blanco descansa allí junto a una tarjeta de crédito y el alma rota de alguien. Escalofríos recorren su cuerpo, y gotas de sudor resbalan por su frente empapando su pelo aun teniendo un frío helador. Y tú no sabes nada.

Se arrastra a la bañera llenándola de agua fría y resbala en ella. No tiene ni fuerzas para quejarse, pero el agua le espabila y comienza a calmar su veloz corazón. Cree que esta vez le ha ganado la partida a la droga y sonríe, pero la observa allí preparada y lista para ser consumida. Una arcada llega a su garganta y tiene que salir corriendo, desparrama su trabajo por el suelo y llora de impotencia.

Mira el reloj, las 8 de la mañana. Es la hora de dejarse de tonterías. Intenta hacer un montoncito con lo que ha caído al suelo dándole igual su propia humillación, coge un billete con el que luego pagará al taxista, lo enrolla y no deja un solo grumo. Ni siquiera el que le acaba de cortar la nariz y le está haciendo sangrar.

Corres la cortina saludando a un nuevo día desnuda ante la ventana, libre y feliz. Hoy será un gran día para tu universo azul celeste. Bajas a la cocina y el olor a café recién hecho penetra en tus cinco sentidos. Te sientas frente a una taza cargada y alguien juega a mancharte de mermelada la nariz para después besar tu hombro descubierto y recordarte que ese es tu combustible.

Saldrás a la calle y verás la torpeza en vida de quien sale de la puerta de al lado tirando todo el correo al suelo. Decides ayudarla y ella temerosa te observará intentando ocultar el temblor de sus manos. Te dará las gracias y no volveréis a hablar aunque tú seas la única persona que pueda ayudarla. Ayudarla a recoger el correo, a vestirse cuando esté demasiado cansada y su cuerpo no pueda más, a calmarla por las noches con un par de caricias, a correr sus cortinas para dar luz a su universo negro carbón, a gemir algo que no sea dolor.

Esta noche soñará contigo. Soñará que después de tantos años confía en alguien y le cuenta sus secretos. Tú la acunas entre sus brazos calmando su llanto de confesión y ella en silencio da las gracias a la vida por ponerte en su camino, por ser la única en sonreírle, por insistir en hacerla vivir.

Limpia su despensa de botellas vacías o medio llenas de alcohol, tira todos los ceniceros desgastados y su tarjeta de crédito vuelve al monedero. Espera impaciente tu regreso del trabajo y cuando llegas te sorprende con su nueva imagen. Sin tantas ojeras, con hondas salteadas en su cabello recién peinado, un nuevo vestido limpio y carmín en los labios.

Con timidez te mira sin estar segura de lo que está haciendo y deposita un delicado beso sobre tus labios. Te dice que eres lo único bueno que le ha pasado y que su mundo ya ha terminado esa guerra interior. Te dice que la nueva misión de su corazón militante es buscar algo con lo que pueda hacerte feliz, algo que pudiera hacer por ti sin dañarte.

Te dice que te quiere, no, no, que te ama. Y tú besas cada una de sus cicatrices soltando de golpe lo que llevabas en las manos y quitándole el vestido. Ella no para de reír por las cosquillas que le haces. Tú la abrazas por detrás y le pides que se quede siempre así, cerca y cálida, desnuda y virginal, sincera y, sobretodo, feliz. Pero ni de alegría puede llorar ya porque sus lágrimas se secaron hacía tiempo.

Apartando los muebles del salón le pides bailar. Le tiendes la mano pero ella aún siente vergüenza de su cuerpo e intenta tapar su pecho con sus brazos. Empatizas y decides quedarte igual que ella, provocas de nuevo su risa y entiende que no debe ruborizarla mostrar el arte de su palidez y el azul de sus venas.

Bailáis, ahora sí, lento y calmado, con los ojos cerrados, oyendo la música y sintiendo el bombeo de vuestra sangre. Cae de rodillas al suelo cansada y tú la abrazas delicadamente ayudándola a apoyarse en la pared. Os quedáis allí sentadas y te confiesa en un susurro que ahora sí tiene ganas de vivir, te agradece que le enseñaras eso y te pide crear un 32 de agosto solo para vosotras.

Pero despertará y verá que eso no ha pasado, se dará cuenta de que nunca te ha conocido y que lo único que intercambiasteis fue un roce al pasarle el correo, una mirada curiosa y una sonrisa tensa.

Pero su mundo no volverá a venirse abajo porque ya está acostumbrada a tropezar con él cada mañana y pisarlo sin querer.

Llena una maleta no muy grande con lo imprescindible, mañana vendrán los del embargo y se llevaran el resto. Guarda el dinero en negro que le queda y coge el primer tren, piensa ir a casa de sus padres a pedirles perdón y a rogarles que le ayuden a recuperar su pasado y con él el rumbo de su vida.

Pero tú no sabías nada y cuando decides que es momento de conocerla ya no está. No sabes ni por qué te apetece hacerlo, pero algo en ti se removió al traspasar esos orbes azules que a medida que se acercaban a la pupila se volvían oscuros como la profundidad del mar.

Un camión de mudanzas te sorprende y preguntas su paradero. Ni ellos saben de quien se trata, ni idea de quien les estás hablando.

Y así fue como perdisteis la oportunidad de nublar vuestro ser para fundiros en uno. Así fue como perdisteis la oportunidad de crear un 32 de agosto.

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